A MAGIA, O FEITIÇO E O ENCANTAMENTO DO FUTEBOL DE BOTÕES INICIA A SÉRIE DE CRÔNICAS DE MARCELO SUAREZ GARCIA, O MAIOR CRONISTA ESPORTIVO DE FUTBOL CON BOTONES DE ESPAÑA.
APRESENTAÇÃO DO COLABORADOR ENIO SEIBERT - E-MAIL: enioseibert@hotmail.com
viernes 25 de junio de 2010
RESEÑA HISTÓRICA ESCRITA POR UNO QUE ESTABA ALLÍ
EL HECHIZO DEL FUTBOL DE BOTONES
¿Jugar? ¿De jugar a los botones, estamos hablando? Usted no sabe. Usted no puede figurarse. Veníamos de una época de juguetes escasos, juguetes de madera, imitación de la maquinaria de guerra reciente y el Atlético de Aviación: Tabales; Mesa, Aparicio; Gabilondo, Germán y Machín; Manín, Arencibia, Pruden, Campos y Vázquez había ganado la Liga dos años consecutivos, el de 1939 y el de 1940, cuando los del odioso Real Madrid le quitaron a Pruden, un delantero no demasiado hábil, pero conseguidor de goles, que en el fútbol es lo que en definitiva importa, aunque sea, o tal vez preferiblemente que sea, de penalti injusto, pitado sobre el límite del tiempo de juego del partido.
Pero, a lo nuestro. El fútbol, con el recuerdo de lo ocurrido pocos años antes de la guerra en las Olimpiadas, aquello de la “furia española”, heredado tal vez de los tercios viejos y el legendario: ¡a mí, Belauste, que los arrollo!, estaba a punto de convertirse en deporte nacional. Y fue justo entonces cuando alguien, un ser anónimo, pero sin duda excelso, un admirable deportista desconocido, un barón de Cubertín sin nombre, se enteró de la existencia del fútbol de botones y lo incorporó, sin dudarlo un momento, probablemente inconsciente de la magnitud de su acto, al menguado catálogo de nuestros juegos de competición, ya saben, el orí, el pilla, pilla, la goncia, la remonta, el pico, tallo, qué, las diversas modalidades de las renras, el lirio o palillo y la peonza o el marro, además del consabido policías y ladrones o el fútbol propiamente dicho, de plaza –pelota de papel o de trapo-, de campo, -balón de cuero con endemoniada costura que abrasaba la frente en los remates de cabeza- y de playa -pelota de goma saltarina-.
Los botones, su fútbol, además de soberbio juego de competición, constituyeron en seguida fuente inagotable de técnicas y de tácticas, aplicables al fútbol de balón por medio de las mucho más tarde famosas pizarras de cotizados entrenadores –probablemente todos ellos practicantes del juego de botones, ya en su niñez, ya en la adolescencia o en secreto cuando ya adultos- y extraordinario consuelo para niños, jovenzuelos, adultos y selectos, imposibilitados incapacitados para la práctica del fútbol de aire libre.
Los botones, en la protohistoria de mi niñez, coincidieron para nosotros con el ingreso, a los diez años, en los estudios medios del bachillerato, plan Ibáñez Martín, aquel de la famosa Reválida, que mantuvo durante toda su vigencia, la incalificable injusticia de no contener entre sus pruebas de madurez preuniversitaria la asignatura del fútbol de botones.
De cuya práctica fuimos todos los niños del lugar, de todas las categorías, clases, estamentos, razas, religiones, procedencias y destino, entusiastas practicantes. Recuerdo que llevábamos colgada por una cinta de retorta de la muñeca una bolsita de tela de diferentes texturas, según preferencias, gustos y habilidades maternales, de fabricación casera y pletóricas de botones aptos para el fútbol de botones.
Los había de muchas clase, formas, procedencias y consistencias. Habían sido, primero, rebuscados por las cajas y costureros de galerías, cuartos de plancha, desvanes y crujías de cada vivienda familiar, de padres, abuelos, tíos, primos y demás deudos, de la ropa colgada en los armarios de los cuales, llegaron a faltar, de modo inexplicable para sus perplejos dueños, los botones de trajes, abrigos y gabardinas. Para nutrir el elenco de guardametas, no vacilamos en dejar abiertos y desamparados los tarros de mermelada u otros productos que como consecuencia se pudrieron en despensas, almacenes y neveras de aquellas de barra de hielo.
Y, en cuanto disponíamos de un equipo, ¡a competir!
Los primeros estadios fueron, -domicilios aparte, plagados de siniestras trampas a base de hules o linóleos en que se atascaban nuestros botones, pero circulaban los del anfitrión, astutamente seleccionados al efecto-, fueron los peldaños de mármol e imitaciones de los portales más elegantes de la Villa, los escalones de entrada, de piedra pretensada del teatro Colón y los bancos de madera del parque, estos últimos hasta que cierto desconsiderado alcalde los mandó sustituir por otros hecho de listones de madera. En los bancos del parque, las porterías eran los remaches que sujetaban a los hierros de las patas el tablón del asiento y las discusiones acerca de si había sido o no gol alguno de los logrados con dedicación y esfuerzo, podían acabar en feroz discusión, con posible subsiguiente amarradiella. Y se conserva recuerdo de algún carterazo como uno que, juro que sin propósito de dañar, sacudió el que suscribe a otro espectador de un partido en el portal de al lado de Correos, que provocó a la víctima una pequeña herida y copioso reguero de sangre y dio lugar a que en su violenta reacción, mi progenitor, requerido al efecto por el herido, me pronosticara oscuros destinos en algún penal, como consecuencia de mis evidentes instintos homicidas.
Lo exiguo de los estadios fue causa de que los equipos se redujeran a siete botones, un portero, dos defensas, un medio y tres delanteros. Excusado es decir que identificados y rebautizados todos ellos de acuerdo con nuestras respectivas preferencias y la categoría de los futbolistas de verdad.
En lo más duro de cada batalla, lo más complicado de cada partido, -que se jugaban a seis goles, y, caso de haber empate a cinco, a siete, evitando así las discusiones y amarradiellas derivadas de la exactitud en el paso de un tiempo difícilmente controlable con los medios de la época, habida cuenta de la escasez de relojes que funcionaran, o, si lo hacían, fuesen de exactitud fiable y mucho menos coincidente-, era frecuente que algún avispado espectador se apoderara de jugadores distinguidos. Y llegaron a darse casos de sustracción de equipos completos, con intervención de padres y tutores en el asunto y como consecuencia, conflictos interfamiliares de cierto e inesperado calibre.
Agotadas las canteras de cajas, costureros e incluso ropa colgante de cada hogar, hubimos de recurrir a nuestros escasos y esporádicos peculios personales para visitar las mercerías locales, en donde sus dueñas, casi siempre damas de cierta edad, se resistían, acertada, justa y justificadamente desconfiadas, a poner las cajas de botones en nuestras manos para seleccionar unos botones cuyo destino no comprendían: pero niño, ¿por qué no te da uno de muestra tu mamá?.
Se hicieron famosos unos botones de madera, de peso ideal y deslizamiento fácil, que merecieron el nombre genérico de “gaínzas”, por el extremo izquierda aquél, internacional y famoso del Athletic de Bilbao. Los había de tres tamaños. Grandes, ideales para defensas o medio, medianos, que eran excelentes delanteros y otros más pequeñitos, que usábamos como extremos, por el aquél de que en fútbol siempre hubo extremos pequeñitos y veloces, astutos y eficaces.
Y guardo recuerdo fiel de un “Gabilondo”, inolvidable medio, un “Veterano”, excelente delantero centro, ejemplar único, procedente de una vieja gabardina cuya pista se perdió cuando volví en su busca, tras de comprobar la “clase” del delantero, dos extremos negros, aparentemente iguales, pero uno un poco más alto que otro y evidentemente zurdo el más plano, que levantaba un poco el balón al chutar y burlaba así a los más gigantescos tapones de baquelita del equipo adverso. Se llamaron “Campos”, un excelente interior canario del Atlético de Madrid y “Emilín” aquel extremo alto, flaco y desgarbado que formó en el Oviedo pareja con el mítico Herrerita.
Contar y no acabar. Incruentas batallas en que mis Gaínzas marrones se enfrentaban con los Gaínzas negros de mi hermano pequeño sobre la mesa del comedor de casa de nuestros padres, haciendo de porterías ocho tomos de una enciclopedia jurídica del despacho de mi padre, los tomos REGIS - SANI, SANI – SOCI, SOCI – TIRO y TITU – ZUNA, que eran los del extremos de la izquierda de la parte alta de la librería del despacho, siempre los mismos, hasta que llegaron a convertirse en parte de nuestros gritos de guerra.
Suspendí la práctica del fútbol con botones para irme a la Universidad. Cuando, muchos años después, decidí volver a jugar, ya no había Gaínzas en la mercería, y conseguí a duras penas tres verdes medianos, uno azul grande y otro pequeñito, verde, para reemprender la actividad. Pero esta ya es otra historia.
http://www.futbolconbotonesyreboteabanda.blogspot.com/2010_06_01_archive.html
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